Portada (Edición 94)

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José María Velasco Ibarra: en el recuerdo de Buenos Aires.

Edición ENCONTEXTO – Tomado del escrito de María Devanna – www.cartonpiedra.com.ec – “El perpetuo exiliado”, de Raúl Vallejo, ex Ministro de Educación del Ecuador.

 

Eugenio Raúl Zaffaroni, es un apasionado de la historia de América Latina. Centenares de libros sobre este tema ocupan la biblioteca de su casona, en Buenos Aires. Nos cuenta su experiencia con el ex Presidente ecuatoriano.

Hombre tranquilo, de hablar pausado, y sólido en sus definiciones; es profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires, exministro de la Corte Suprema argentina y actual Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos; se sintió raro cuando se descubrió como personaje del libro de Raúl Vallejo, quien lo incluyó porque conoció a Velasco Ibarra en Buenos Aires, en 1962, siendo muy joven, cuando terminaba su carrera de abogado. Velasco lo incorporó a su grupo de amigos, a pesar de que podría haber sido su nieto, y lo siguió frecuentando hasta su partida definitiva de Argentina.

Los ecuatorianos saben poco de la vida de Velasco Ibarra en Buenos Aires. Era un hombre cordial, muy estimado por sus amigos. Su severidad era considerada -más bien- timidez, aunque parezca mentira.

“Aunque la memoria puede fallarme y olvido nombres, (han pasado muchos años), recuerdo a quienes tenían una amistad antigua y sostenida con Velasco”, indicó Zaffaroni. Entre ellos, el Dr. Sislam Rodríguez, abogado de La Plata, que había sido secretario de la Revista del Instituto de Identificación en los treinta, y su esposa, Manuelita; Beatriz Ochotorena, mujer inteligente y vivaz, que lo había conocido en una conferencia, antes del cuarto velasquismo. El Dr. Rodolfo Argañaraz Alcorta, que fue presidente del Instituto Sanmartiniano y, alguna vez, ministro en Santiago del Estero, a quien Velasco, ocasionalmente, le confiaba sus asuntos, cuestiones privadas casi de supervivencia.

Violeta Cané, profesora de francés de La Plata, y administrativa de jerarquía en la policía de la provincia. Lucio Moreno Quintana, internacionalista. Don Juan Zocchi, inolvidable y extraordinario crítico de arte, con muchos libros publicados, y ex director del Museo Nacional de Bellas Artes y su esposa, Anita. La Dra. Teresa Estévez Brasa, profesora de derecho de familia, ex jueza de la Cámara Civil de la Capital. Salvador Ferla, a quien Velasco admiraba por su valor, al publicar su libro sobre los fusilamientos de 1956. Un hombre interesantísimo, gran persona, intelectual autodidacta y revisionista de nuestra historia. Roberto Pettinato, el penitenciarista; Alberto Giménez, vinculado a la aviación; la profesora Olga Delgado; Moisés Waldfisch, socialista funcionario de la vieja cooperativa El Hogar Obrero y su esposa…y muchos más.

“El grupo era muy heterogéneo. Hablábamos sobre política mundial y argentina; muy poco de la ecuatoriana. A veces discrepábamos, pero la presencia de Velasco -siempre de traje y chaleco- imponía respeto. Se divertía viendo cómo manejábamos los argumentos, con los límites y delicadeza que imponía su figura”.

Vivía como una persona de clase media media, al día con su pensión que, en tiempos de la dictadura, se depreciaba mucho. Casi todas las tardes tomaba el ‘subte’, caminaba por la calle Florida y se metía en la librería El Ateneo, donde le dejaban un escritorio para que viese libros. En un cumpleaños, le regalamos un vale de esa librería, que valoró muchísimo. Imaginamos las veces que habría querido comprar algún libro y, por el precio, no pudo.

 

Su departamento era pequeño, de dos ambientes y recibidor, donde tomábamos unos aperitivos, antes de pasar al comedor. Los almuerzos o cenas eran distinguidos, pero sin lujos; con platos sencillos, como el cebiche de pescado, bien servidos por una empleada. Al final, volvíamos al recibidor para un cognac o un licor de menta. Cuando había que levantar los platos, doña Corina, su esposa, llamaba a la empleada con un timbre en el piso, disimulado bajo la alfombra. A veces, la calidad del vino bajaba; disimuladamente, lo verificábamos y me permitía regalarle alguna caja de vino o de champagne.

Velasco era muy pobre. Vivía de su pensión de expresidente; incluso rechazó el aumento que dispuso el régimen militar que lo había derrocado.

El Dr. Argañaraz Alcorta tiene unas cartas de Velasco, un hombre -cinco veces presidente-, sobre cuestiones de dinero, como la venta de las condecoraciones para vivir, la inversión del precio del departamentito de la calle Sánchez de Bustamante; cómo se las arreglaba para pagar el alquiler del de la calle Bulnes; la simpatía con el dueño de la propiedad…

En esas cartas, deja patente sus penurias económicas. Son una lección de ética, sobre todo, hoy, cuando la política parece estar remplazada por conveniencias patrimoniales.

Un antiguo diplomático venezolano, historiador, el Dr. Leonardo Altuve Carrillo, convenció a sus ministros de regalarle un tapado de piel a doña Corina, pensando que podrían venderlo cuando volviesen a tener dificultades económicas. Velasco jamás hubiese podido comprarle eso. Cuando volvieron a Buenos Aires, después del quinto y último velasquismo, vendieron el tapado. Altuve Carrillo tuvo razón.

“Los lujos de Velasco y su esposa, eran ir al cine, a veces al teatro, asistir a conferencias, pocas veces a cenar a un restaurante; su biblioteca y estos almuerzos y cenas semanales con nosotros; sus paseos por Florida y El Ateneo. Ésa era su vida aquí”. “Velasco no tenía por costrumbre frecuentar la casa de los amigos, pero nuestros familiares y amigos sabían de la importancia que le dábamos. Era una presencia familiar en nuestras vidas. A mi casa paterna, en Flores, y a la de mi abuela, en Caballito, vino con doña Corina un par de veces. Era un hombre atento. No olvido su presencia en casa, a las pocas horas del fallecimiento de mi padre en 1964, con doña Corina, trayendo un par de orquídeas. Al día siguiente, estaba en el sepelio. Se interesaba por la salud de cualquier familiar nuestro enfermo. Llamaba por teléfono personalmente.

Velasco era siempre el señor presidente. Nunca perdía las formas, quizá, para esconder su timidez natural. Para mí, hablar con semejante figura era algo increíble. En aquella época, el tuteo no era frecuente; lo usaba sólo con su familia. El Velasco de la tribuna no quería dejar de ser el de la vida cotidiana: quizá le hubiese sonado falso el primero. Necesitaba mantener la distancia de la forma.

Enseñó en la Universidad Nacional de La Plata, en los cincuenta. Perón lo recibió y lo recomendó para dar clases de historia del derecho político o constitucional argentino. Se puso a estudiar y leyó la historia de Mitre y no entendía nada. Pensó en renunciar, pero le aconsejaron leer a Saldías, y empezó a comprender nuestra historia nacional, que adoraba; las conversaciones con Ferla, en la mesa, eran una delicia.

La gente lo reconocía en la calle y lo comparaban con Perón. Un taxista le pidió un autógrafo y, a falta de papel, le dio un billete de cinco pesos para que lo firmara. Velasco pensó que lo perjudicaba, pero el taxista le indicó que, con su firma… ¡el billete asumía un valor incalculable! Otras veces, no le cobraban. Una tarde, una mujer muy pobre, lo saludó: «Buenas tardes, excelencia». Impresionado, Velasco se sentó a charlar con ella. Uno de los gatos que ella alimentaba, se trepó a un árbol y Velasco intentó bajarlo, pero la mujer lo detuvo: «No, excelencia. Baja solo, no hay que asustarlo». Era «la mujer de los gatos de la Plaza San Martín» y, para Velasco, una filósofa.

Velasco no era un académico; era un hombre informado y actualizado. Necesitaba leer y meditar, sobre filosofía, historia y política; poner sus ideas en orden y lo hacía por escrito. Publiqué un comentario sobre su libro «Caos político en el mundo contemporáneo», en la revista de la Universidad Nacional del Litoral: le gustó tanto, que lo cita en la solapa de «Servidumbre y liberación», Buenos Aires, 1965.

Las reflexiones de su sobrino y secretario, Jaime Acosta, en la presentación de los escritos póstumos, «Filosofía negativa y mística creadora», presentan a un pensador. Si Velasco hubiese llevado una existencia académica y no política, sin duda, hubiese brillado.

Muchos critican a Velasco por sus errores; pero, si fue presidente cinco veces… ¡debió cometerlos! La magnitud de éstos compete a los ecuatorianos y al juicio histórico. Y, sí, fue un populista; eso no es ningún demérito. Los populismos latinoamericanos fueron movimientos populares de defensa de soberanía frente al colonialismo y a nuestras oligarquías vernáculas proconsulares de intereses foráneos. Fueron policlasistas, independentistas; fueron personalistas, tenían un líder. Fueron ideológicamente contradictorios y hasta autoritarios, que ampliaron las bases de nuestra ciudadanía real. En nuestra región, populismo es el antónimo de antipopular, es soberanía frente a dominación. Sin populismos, estaríamos en los tiempos de las repúblicas oligárquicas. Todos los defectos de nuestros populismos, palidecen frente a los crímenes de dictaduras asesinas y genocidas, cometidos, precisamente, para detener y desbaratar a los populismos. Aun con defectos, estamos aquí gracias a ellos, y sus enemigos serios, fueron los peores asesinos de nuestra historia.

Y sigue la historia…

En 1967, algunos políticos ecuatorianos fueron a Buenos Aires a ofrecerle la candidatura a Velasco; hubo un almuerzo en el Hotel Plaza. Fue emocionante. “Hacia fines de 1968, pasé por Quito para saludarlo. En el aeropuerto me esperaba el jefe ceremonial de la presidencia y me llevó directo al Palacio. Velasco me pidió que le hiciese un proyecto de código penal. Me quedé juntando material unos diez días, alojado en el palacio. En febrero volví a pasar por Quito y estuve en el palacio unas tres semanas, trabajando en el encargo del proyecto de código.

“Fueron las únicas visitas a Quito en el quinto velasquismo. Conocí personas importantes, como Guayasamín y Bucaram, el patriarca. Acompañé a Velasco a Ambato, a Guayaquil y descubrí aspectos muy originales de él: hacía parar su automóvil en los semáforos, cuando lo reconocían y lo saludaban, llevándose la mano al sombrero; o visitábamos las afueras de Quito y me mostraba alguna iglesia. Velasco no era hombre de miedos. Circulaba sin custodia, sólo el chofer, un hombre joven, simpático, muy buen conductor”.

Parábamos en algún pueblo: el cura tocaba las campanas, la gente salía a la calle, las mujeres llevaban los chicos para que lo tocaran… era maravilloso. Velasco permanecía serio o sonriente. Era popular, populista, pero no perdía la compostura, ni nunca caía en la vulgaridad.

“Hace unos meses estuve en el palacio después de tantos años, y el presidente Correa nos reunió en el ala presidencial. Aunque está redecorada, reconocí perfectamente los ambientes y hasta la habitación que ocupé en esos tiempos. Fue impactante”.

“Un día Velasco me invitó al Oriente, a Gualaquiza. Ida por vuelta. Salimos temprano en dos aviones de la Fuerza Aérea. Yo iba en el avión de los periodistas. Nos metimos en un torbellino y cuando llegamos a la selva, no sabíamos bien dónde estábamos. Reconocimos el río Zamora, y una hora después que el otro avión, aterrizamos en una pista llena de pozos y bajamos del aparato. Velasco habló a los originarios, vibrante como siempre. Yo decidí volver por tierra; nunca me sentí tan inseguro en un vuelo. Me sacó el ejército y pude conocer las maravillas de su país. Pasamos ríos en canoa, paré una noche en Zamora, en el regimiento de selva. Se elegía a la reina en un baile. El obispo me llevó a conocer a los grupos originarios, al cacique que le pedía que lo case con las otras mujeres, pues sólo lo había casado con una. El Oriente es algo mágico, fuera de lo común. Velasco nunca olvidó el episodio; bromeó con eso toda la vida y lo contaba a todos nuestros amigos”.

¿Cómo era doña Corina?

Bahiense, descendiente de españoles de Gibraltar: el cable a tierra de Velasco, quien se relacionaba con el mundo a través de ella: era -en parte- sus sentidos, su intuición, el complemento indispensable de Velasco, una mujer de extraordinarias dotes y sensibilidad como poetisa, pianista, compositora. Habría brillado como artista, si no se hubiese dedicado en cuerpo y alma a él, en las buenas y las malas, como Primera Dama y como exiliada. En los peores momentos, pasando estrecheces muy graves en Venezuela, en Uruguay, en México. Discreta, distinguida, digna siempre, pero nada soberbia; femenina, pero sin niñerías; dulce en sus modos. Estaba en todos los detalles. ¡Una mujer fuera de serie!

Vallejo responde a la verdad histórica en su libro, en cuanto a la muerte de Doña Corina: falleció a las tres de la mañana en el hospital Rivadavia. Velasco no tenía automóvil ni chofer y volvió al hospital, para estar a solas con sus restos. “Era increíble: una primera dama fallecida por la imprudencia del conductor, al caer de un colectivo porteño, donde viaja nuestro pueblo. El pueblo ecuatoriano no debe olvidarlo”. Una plaza ubicada en la intersección de las avenidas Independencia y Jujuy, lleva el nombre de Velasco, pero merecía llamarse «José María Velasco Ibarra y Corina Parral Durán de Velasco Ibarra».

Cuando volvió a la casa, Velasco me llamó y me dijo que volvería a una pensión, que no se quedaría en esa casa. “Usted tiene una casa grande; le ruego que me tenga la biblioteca”, dijo. Era una regresión al momento en que vivía en la pensión de Belgrano, cuarenta años antes. “Le dije que sí. En la biblioteca tengo los libros de Corina, con su nombre o con el pseudónimo Alma Helios: la edición de 1963 de Banda presidencial y las reediciones con poesía, La rosa blanca (1957), Aquí (1958), Historia de la lágrima (1965), Más allá del amor (1967). Tengo el discurso inaugural de Velasco del 1 de setiembre de 1968, dedicado por ella: «A nuestro querido amigo, Raúl Zaffaroni, Corina de Velasco Ibarra».

Al final, Velasco decidió volver a Ecuador, a su tierra, con los restos de la compañera de su vida. En un momento del vuelo, el comandante tomó el micrófono y dijo: «Yo quiero decirle al doctor Velasco Ibarra que, en este preciso momento, el avión está dejando tierra peruana y entrando al cielo ecuatoriano; lo espera un pueblo silencioso, con pañuelos blancos». Al llegar al aeropuerto, efectivamente, una cantidad enorme de gente movía los pañuelos blancos en silencio. Fue algo impresionante.

Cuando el jefe de protocolo de la Junta Militar subió al avión para presentarle las condolencias, volvió a surgir el cóndor intacto: «Esta junta que me ha sacado del gobierno, no tiene valor para mí; y, para mi mujer, tampoco. No puedo aceptar las condolencias de quienes no han sentido valor y amor por la patria ecuatoriana. Dígale a estos señores que no suban al avión, porque no los voy a recibir», dijo con voz firme, con la misma potencia con que en el aeropuerto de Ezeiza había reiterado su agradecimiento al pueblo argentino.

Los últimos años de Velasco en Argentina

Su vida transcurría tranquila, aunque la Argentina no estaba nada tranquila en esos años. Velasco y Corina volvieron en 1972: estaba Lanusse; luego, se convocan las elecciones de 1973, que gana Cámpora; vuelve Perón, el tiroteo y los muertos en Ezeiza. A las semanas, la renuncia de Cámpora, interinato de Lastiri, Perón presidente; la ruptura con Montoneros, la muerte de Perón, el gobierno de Isabel y el golpe genocida de 1976. Fueron años pesados y sangrientos; ojalá que el pueblo argentino no vuelva a pasar por eso jamás.

Velasco admiraba al peronismo, a la reivindicación de los trabajadores, al pueblo peronista, a Evita, pero no a Perón. Eran dos modelos de caudillos muy diferentes, no sólo de pueblos, sino de época.

Alguien escribió una biografía de Velasco definiéndolo como un caudillo «romántico», que prefería orientarse por «principios infinitos». Perón era diferente: un líder de posguerra, mucho más pragmático. No carecía de principios, pero se orientaba más por la coyuntura, un verdadero estratega. Eran, simplemente, diferentes y no podían simpatizar mucho entre ellos. Velasco tenía una profunda admiración por el pueblo peronista; algunos dirían que envidiaba a Perón, pues incluso entre los grandes, puede haber envidia.

En los últimos años, venían muchos ecuatorianos, para tentarlo a volver a ser candidato, a medida que la Junta se iba desgastando y debía convocar a elecciones, en las que finalmente fue electo Roldós. Algunas veces se lo vio realmente enojado, indignado después de que se marchaban los visitantes, porque afirmaba que ellos sabían que, con 85 años, no podía volver a gobernar y sólo buscaban su nombre para ponerlo al frente de un gobierno condenado al fracaso, pero en el que podrían medrar. Al contrario de la mayoría de las personas que con los años se van considerando imprescindibles, Velasco entendía sus limitaciones; con perfecta lucidez se hacía cargo de su incapacidad etaria para lo que le proponían. Eso, a pesar de su extraordinaria salud.

Sobre la dictadura argentina

Eran los tiempos de López Rega; la prensa se ensañó inventando historias de corrupción. A Velasco le irritaba todo lo que sonase a corrupción, pero eso no le inspiró simpatía por la dictadura y, menos aún, conforme se manifiestaba la violencia asesina de ese régimen. En privado, y muy bajito, decía que los ‘subversivos’ estaban salvando la dignidad de los argentinos, aunque no era un hombre de violencia.

“En su última noche en Buenos Aires, su último atardecer en el departamento de Bulnes, estaba sentado en el recibidor, en su sillón de siempre, con un gesto de agotamiento totalmente extraño en él. Estábamos unos seis amigos del grupo. Caía lentamente esa tarde de verano porteño. La casa estaba tan deprimida como todos, en plena tarea de embalaje de cosas, y de pronto, nos mira y dice: «Aquí dejo a mis verdaderos amigos», y acto seguido nos fue mirando a cada uno, diciendo con detalles todas las pequeñas atenciones que habíamos tenido para él, recordando esas pequeñas cosas que uno puede tener para un amigo, insignificantes para nosotros, que las hacemos y olvidamos por obvias. Una perfecta y completa contabilidad de atenciones casi banales”.

“Allí caí en cuenta de la tremenda soledad del líder, que registraba con precisión estadística en su memoria, todos los gestos de afecto de quienes no teníamos ningún interés en obtener nada, y sólo procedíamos por afecto”.

Hubo un episodio durante su despedida, que nunca podré olvidar. No quería despedirme, era muy triste. Velasco me sentó a su lado. El edecán que había mandado el dictador Videla, se sentó al otro lado. Dos periodistas le preguntaron si volvería a hacer política. Velasco los dejó sin palabras, con su famosa frase: «Vuelvo a meditar y a morir». Estaba abatido y parecía un cóndor agonizante, pero recuperó la fuerza cuando uno de los periodistas le preguntó si quería añadir algo más, y con gesto ampuloso y el dedo señero, le respondió:

«Sí, señor; quiero dejar expreso mi agradecimiento al pueblo argentino», y repitió, alzando la voz fuerte y un tanto cavernosa del que sabía que si le daban un balcón… volvería a ser presidente: «¡Al pueblo argentino!». Y volvió a ser el cóndor herido.

Antes de abordar, abrazó a cada uno de nosotros y se puso su orión. Ésa es la última visión que tengo de él.

Soledad profunda del Velasco Ibarra exiliado en la Argentina, impresionante en quien llenó cuatro décadas de la historia de su país y en cinco ocasiones ejerció la presidencia.

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